Francisco Pacheco Beltrán "Pacheco digital"

Opinión; La muerte ronda conmigo

Hugo Figueroa Ocampo

Es la muerte la que dice nuestro fin, la que dicta la conclusión. Desesperado y desilusionado alguien se atreve a requerirla, a que se lo lleve pronto; otros la rechazan y le tienen miedo cuando sigilosamente de repente se asoma. Y otros más fingen festejarla y burlarse de ella. El resumen de lo transcurrido en la vida lleva consigo el dolor. “Llegó con tres heridas/ la de la vida/ la del amor/ la de la muerte”, como imaginando llegar al más allá, ya rendido de este mundo, así lo describe el poeta español Miguel Hernández.  Y de pronto llega sin darnos cuenta, dice el cantautor cubano Silvio Rodríguez: “Cuando Pedro salió a su ventana/ no sabía mi amor, no sabía/ que la luz de esa clara mañana/ era luz de su último día”.

Los poetas prehispánicos  se resisten a la inexistencia, al más allá que los espera complacido: “Estoy ebrio/ lloro, sufro, se, siento, pienso: que yo nunca me muera/ que yo nunca perezca/ que adonde vaya no haya muerte/ que vaya donde se vence/ que allá vaya yo/ que yo nunca me muera/ que yo nunca perezca”. Y los que desafían el destino que según está definido para cada uno de nosotros, sin poder cambiar, sin tocarlo siquiera, como el cantautor Víctor Heredia: “Ya no quiero ser solo un sobreviviente/ quiero elegir el día para mi muerte”. La esperanza brota con Silvio, aquella llena de espanto y de convicciones de un pueblo en lucha como el de la República de Chile y su presidente Allende asesinado por el dictador Pinochet: “Esto no está muerto/ no me lo mataron/ ni con la distancia/ ni con el vil soldado”.

Y en el amor las ilusiones y las alegrías se esparcen a cada instante en los momentos de vida y teniendo presente que solo estamos aquí por unos instantes: “Soy vecino de este mundo por un rato/ y hoy coincide que también tú estás aquí/ coincidencias tan extrañas de la vida/ tantos siglos/ tantos mundos/ tanto espacio y coincidir”, describe el compositor Alberto Escobar. El guerrillero está quieto sobre la tierra, la fe y la esperanza llena de idealismos y convicciones hacen milagros y maravillas con la letra de Pablo Millanés: “Y entonces todos los hombre de la tierra lo rodearon/ desde el cadáver triste, emocionado/ incorporose lentamente/ abrazó al primer hombre/ echose a andar”.

En dónde está el que está muerto, a dónde queda y a qué se dedica, pues es el poeta chiapaneco Jaime Sabines  que dice saber contestar todas esas interrogantes: “Morir es retirarse/ hacerse a un lado/ ocultarse un momento/ estarse quieto/ pasar el aire de una orilla a nado/ y estar en todas partes en secreto”.  Julio Cortazar, el escritor argentino, el de la maga y el perseguidor con su frasco de nescafé que lo revitaliza,  y con  las autopistas del sur, ese mero que añora lo que está tan lejano expresa con la tristeza envuelta: “Aunque sea para estar otra vez cerca de él cuando se muera/ como en aquella noche de octubre/ los cuatro amigos, la fría lámpara colgando del cielo raso/ la última inyección de coramina/ el pecho desnudo y helado/ los ojos abiertos que uno de nosotros le cerró llorando”.

“La muerte de que llega llega”, “ya le tocaba”, “cuando te toca aunque te hagas a un lado”, son expresiones populares de los que aparentamos reírnos en estos días  y casi siempre de ella, aunque por dentro es otro sentir cuando “la muerte ronda conmigo hasta muy tarde en la noche” y queremos ser su enemigo e hijos desobedientes, planteamiento de Silvio.

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